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La fiesta

Entré en el salón con la mirada perdida, evitando ostensivamente el rincón donde estaba, pero vislumbrando sin sombras de duda su presencia. Allí, sentado, un poco oculto por el movimiento, un poco fuera de tono en una conversación banal, mientras la gente iba y volvía, vasos en la mano, pupilas dilatadas, deslizando por la música y los murmullos, en definitivo modo apareamiento.

Todo eso lo vi con mi visión periférica en un cuarto de segundo. Sí. Las mujeres somos ninjas. Me di la vuelta antes que hubiera contacto visual y me enchufé en la primera cara conocida. Era esa chica guapísima, la más guapa de la fiesta, seguro, quizás de la ciudad, quizás del país. Pero, como en la canción de White Stripes – o sería Burt Bacarach? – no sabía qué hacer con ella misma. La adicción a la atención de los demás produce monos tan deshumanos como el peor caballo.

Pero a mí me fue de puta madre, porque ella de repente era un alma gentil, super-interesada en enseñarme el otro salón donde había una mesa de bebidas. Bueno, mesa de bebidas es un decir. Había muchas botellas, la mayoría de ginebra, pero estaban casi todas vacías, y el cubo de hielo era más bien un cubo de agua, ya casi templado. Después de tantear en la oscuridad durante unos minutos, conseguí hacerme con unos 3 dedos de Beafeater en los cuales metí dos pedruscos parcialmente derretidos. Pero de soda, ni rastro. Bueno, algo es algo, necesito un vaso en las manos si me voy a acercar, y si lo que contiene me puede entorpecer el cerebro y la vergüenza, mejor.

Pensé en hacer un pit-stop en la cocina, a ver si había alguna soda en la nevera y de paso calmar un poco los nervios, pero… a la mierda. No hay soda que deshaga tanto nudo en la garganta ni que extermine tanta mariposa en la barriga. O bien me los ponía bien puestos o bien me atragantaba. Caminé por el pasillo como Robocop, pisando fuerte, sin mirar a los lados, imparable. Y cagada de miedo.

Pero cuando pisé el salón y le vi ya de pie, medio de lado, asomando por encima de las otras cabezas – jooo, que alto, que wapo, que… Justamente en ese momento se giró él hacia mí, como si todo el tiempo no estuviera haciendo más que esperarme, y en su cara se abrió esa sonrisa interminable y brillante y azul, y me saludó frenéticamente con la mano, como un niño de cinco años haría a un vendedor de helados…

A veces parece que nada se mueve. A veces parece que todo se mueve, pero solamente en círculos. En ambos casos, un aburrimiento. Aunque no pasa nada si ese es el precio que hay que pagar por esos momentos en que todo se mueve, en todas las direcciones, no solo se mueve sino que pulsa, sí, pulsa, vibra, vaya subidón, vaya fluidez, vaya PERFECCIÓN.

El miedo se va al carajo, las mariposas se recogen en sus cálidos capullos, los nudos se deshacen, el corazón retoma su ritmo, no el de hace una hora, sino el de hace unos años, el ritmo ese que dictaba la panza de la mamá, los ruidos se integran, los colores se destacan, todo está en su sitio y cambiando de sitio pero no hay de que preocuparse porque no hay peligros, solo hay posibilidades. No hay ansiedad, solo excitación.

Cuando finalmente me acerqué, él me cogió de la cintura y me plantó un beso en la mejilla. Me invitó a sentarnos. Le dije que sí, pero que antes iba a la cocina por un poco de soda. La noche tan solo estaba por empezar.

Published inamorinosmyStuff

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