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El abrazo

En un mundo donde la imagen y las medidas anatómicas son las únicas credenciales relevantes del ser, no encuentro nada más difícil que describirme a mí misma. A lo largo de mi historia, me echaron encima lo sublime y lo vil. De símbolo de inocencia a demostración de descaro, me han tachado de todo. Y en cuanto a las medidas anatómicas… es que sencillamente no las tengo. Pero el modo como me ven y lo que piensan de mí es lo menos importante ahora mismo. Lo que os vengo a contar es precisamente del día en que todo eso – y mucho más – ha dejado de tener sentido.

Estaba en un bar y, como suele pasar, rodeada de gente. Con algunos de ellos ya había estado antes. Muchas veces. Tantas, que podía reconocer no sólo sus caras, sino también sus diferentes formas de verme. Ya sabes. Hay gente que te recibe siempre de brazos abiertos, otros están contentos de verte, pero eso les causa una cierta timidez. Aún hay aquellos que no se fían de ti, y los que intentan mantenerte a distancia a cualquier precio, preocupados de que tu mera presencia constituya una señal indeleble de su propia debilidad. Pues eso. Lo mismo me ocurre.

Estaba, por ejemplo, la chica venezolana. Se trata de chica muy, pero que muy femenina. Tienes ojos negros y juguetones, y una boca tremendamente carnuda que está siempre un poco entreabierta, incapaz de abrigar completamente unos dientes quizás demasiado grandes. En vez de caminar, se desliza perezosa, como si una ráfaga la pudiera recoger y llevarla al otro lado del planeta en cualquier momento. Y luego está la voz. Lleva no solo el acento más pijo de Caracas, sino que también ese tono tan particular que la hace hablar exclusivamente por la nariz. La boca participa del proceso solamente con propósitos coreográficos, y las cosas dichas son invariablemente corteses y adecuadas a la ocasión.

No le caigo particularmente mal. De hecho, siempre me mantiene cerca, como una acompañante oficial o, quizás, un accesorio. Eso sí, está claro que no se fía de mí. Cuando llego, deja que me instale, pero solo a medias. Mira a los demás rápidamente en búsqueda de un veredicto y asume su mejor postura de bienvenida. Solo que no. Se le nota la tensión y la duda. Se ve que el sentido de la situación se le escapa. En suma, que está loca por que aquello se acabe.

Luego está su amiga, también venezolana, también pija, pero muy diferente. No me invita a menudo, y muchas veces lo hace sin ninguna gana, pero a veces puede hacerlo plenamente y, al que parece, de todo corazón. Eso sí, el lado mío que a ella más le complace es mi lado más oscuro. Me asocia a la burla y a la incredulidad. Es a mí que suele buscar cuando se siente resentida. Soy, por decir algo, como su pequeña venganza. Alguna vez ya estuvimos juntas solo por estar, sin escarnio – y por lo tanto sin dolor. Estuvo muy bien, pero no suele pasar.

Es significativo que su pareja, un chico italiano de ojos hondos y pocas palabras, esté tan incomodo en mi presencia. Siempre me recibe con gentileza, incluso una cierta reverencia. No veo en aquellos ojos ninguna desconfianza o falsedad. Lo que pasa es que me desconcierto. Sé que por alguna razón le molesto y aunque no tenga ni idea del porque, creo piamente en la legitimidad de tal razón e intento ser lo más discreta posible.

Eso de la discreción nunca ha sido lo mío. Puedo ser suave, incluso silenciosa. Pero discreta jamás. No es prepotencia ni nada por el estilo. Supongo que tiene que ver con mi naturaleza. Para bien o para mal, soy toda expansión. Fui hecha para ser vista, admirada y temida.

Hay gente que lo entiende. Hay gente que incluso lo utiliza. Como el tío ese al lado del italiano. El hombre es lo que se podría decir un coloso. Alto como un árbol, sólido como una roca. Su cara no es particularmente bella, pero rebosa vitalidad y eso tiene un efecto definitivamente erótico sobre la mayoría de las personas. Él lo sabe, y sabe que tenerme cerca potencia esa calidad. Soy un indicio más de su potencia estremecedora, y aunque me acoja de diferentes formas, todas ellas son grandiosas, ruidosas y absurdas. Todas perfectamente ensayadas para provocar la reacción adecuada en el público.

Puede que parezca cruel lo que digo, pero no es cierto. Amo a toda esa gente y recibo como un regalo la posibilidad de existir en su presencia. Lo que a veces me pone un poco pachucha es precisamente la incapacidad de demostrar mi aprecio como a mí me gustaría. Por eso, aquel día, en aquel bar ruidoso, decidí hacerlo todo diferente.

No sé porque la idea me vino a la mente, creo que me aburría un poco. Es lo que pasa cuando te aburres, ideas extravagantes y potencialmente suicidas empiezan a asomarse por todos los lados. Es igual. Por primera vez en años, en siglos, en eternidades, miré con ganas de ver – y vi más allá. Cuando miras con ganas de ver, y no sólo para confirmar lo que ya sabes o imaginas, todo se transforma, como en un pase de magia.

De repente, capas de amargura y debilidad, de falsa alegría y prepotencia empezaron a derretirse y desplegarse. Era como la grasa pegada a una vieja olla que se pone bajo el agua caliente. Aquello escurría caudalosamente por la superficie de sus cuerpos, una lava verdosa que olía a agrio y podrido y ahora se acumulaba en el suelo gastado de madera.

La gente seguía hablando y bebiendo, incluso ligando, como si sus cuerpos no se estuvieron desintegrando, como si no estuvieran volviendo a ser una versión vomitada de sí mismos. Flipé un poco, pero luego me di cuenta. Por debajo del gargajo fétido que les escurría de la cabeza a los pies, sus cuerpos estaban intactos. No solo eso. La lava que bajaba por orejas, brazos y ombligos iba dejando expuestas pieles inmaculadas.

La visión era tan bella que les quise abrazar. Abrazar a todos de una vez, los cuatro, y así lo hice. Al ver mi espontaneidad, también ella tan infrecuente, dudaron por milisegundos pero luego se entregaron sin reservas. Nos unimos en un abrazo cálido, rebosante de alegría y placer. Nos acercamos tanto que, vistos de lejos, pareceríamos uno. Nos fundimos completamente no solo con brazos, sino también con caras, pechos y piernas. Fuimos familia, gemelos, amantes. Mis amigos del alma tenían la cabeza inclinada, la boca abierta, las caras lívidas, algunos incluso lloraban… Era una explosión de emoción genuina, un echar por tierra todas las barreras, un rendirse absoluto. No sé cuanto tiempo duró aquel abrazo tan tierno. Mucho. Quizás demasiado.

Porque después de un tiempo, empecé a sentir cierta incomodidad, no de mi parte, sino de los demás. No era nada muy pronunciado, solo un relajar de presión, un cambio de posición o una cabeza que se asomaba como buscando aire. Poco a poco, esas pequeñas señales se fueron intensificando. Uno empezó a incorporarse y, al ponerse erecto, alejar su cuerpo de la piña. Otra fue como deslizándose hacia abajo, haciéndome dudar si se desmayaba o se escabullía. Hasta que ya no pude ignorar la presión que venía de todos lados y cuya intención se había vuelto más que clara: romper el círculo.

Aquellos movimientos me llenaron de pánico. ¿Qué hacían ellos? ¿No se daban cuenta de lo sublime de aquel momento? ¿De la plenitud? ¿De la perfección? Humanos e imperfectos. Unos pobres miserables que no sabían de nada y menos aun de su propio bien. Pero si pensaban que podrían irse así, sin más…

Aflojé un poco, no tanto como para que se soltaran, sino para que se relajaran. Era una forma de ganar tiempo y reunir fuerzas. Las busqué en lo más hondo de mi ser, tan hondo que al sacarlas, explotaron como ramas de un roble gigantesco. Rápidamente, enlazaron los cuerpos, que reaccionaron frenéticos. Cuanto más luchaban, mas apretaba. Aquello me costaba lo mío en sudor y lágrimas. Estaba jadeante y exhausta, pero ellos también se estaban debilitando. Incluso el grandullón se tocaba la tripa, contorciéndose y emitiendo gruñidos de dolor. La superfemina finalmente se desvaneció de verdad. Estaba ganando.

El embate duró aun algún tiempo, pero la resistencia caía en picado. Lo sentía, y aun así no podía aflojar. Al inicio me daba miedo que se recuperasen. Hasta que el intervalo entre las reacciones empezó a crecer, su intensidad a disminuir, y se quedó claro que no había vuelta. Aun así, no los podía soltar. Las ramas del roble en que me había convertido tenían vida propia. Ya no me obedecían, si es que alguna vez lo habían hecho. Poco a poco, fui yo misma cediendo al cansancio.

Cuando recuperé la conciencia, el bar estaba vacío y la luz del día entraba por las puertas acristaladas. Grandes clásicos de la movida madrileña seguían sonando en los altavoces y había copas por la mitad en casi todas las mesas. En el suelo, cuatro jóvenes cuerpos yacían inertes, los ojos abiertos, la fisonomía crispada. Salí a la calle, atontada por la luz y tropecé con un mendigo que se apoyaba en la puerta, echando al suelo su cartón de Don Simon. Enfurecido, el hombre de pelo sucio y nariz enorme gorjeó: “¡¿Pero quién coño eres????!”. Soy la Risa, le dije. Aunque eso ahora ya no servía de nada.
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Published inescalofríosmyStuff

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